Quién es Raúl Moyano, el docente tucumano desaparecido en el Cerro Ñuñorco
Jubilado hace pocos meses, dedicó su vida a la docencia, los viajes y la montaña. Su familia lo define como un hombre inquieto, organizado y siempre dispuesto a emprender nuevos proyectos.

“¿Todavía estás ahí?”. Liliana Tunkiewiez miraba la hora y volvía a escribirle por WhatsApp. Raúl Moyano seguía en el cerro Ñuñorco mientras la tarde empezaba a apagarse. Después de ocho años de relación, conocía bien su personalidad: cuando se proponía algo, era difícil convencerlo de abandonar. “Sos un hincha pelotas, ¿qué hacés ahí?”, recuerda que le decía en diálogo con La Gaceta.
El último mensaje que recibió de su pareja fue breve: “Bajo”. Desde entonces, espera noticias de un hombre al que describe como incapaz de quedarse quieto. Su hija, Suyay Moyano, coincide: “Muy activo, muy organizado. Siempre tenía qué hacer, muchos proyectos”.
Raúl Alfredo Moyano tiene 59 años, nació en Río Seco, departamento Monteros, y pasó gran parte de su vida adulta en Río Negro. Fue maestro, director, coordinador y supervisor escolar. Se jubiló hace pocos meses, pero ya buscaba nuevas actividades. También trabajó como fotógrafo en fiestas, organizó eventos, realizó traslados a Chile y convirtió las caminatas por la montaña en una de sus principales pasiones.

Uno de los paisajes de montaña que Raúl Moyano acostumbraba recorrer durante sus salidas de trekking en la Patagonia.
Del sur tucumano a la Patagonia
Moyano se crió en Río Seco, donde todavía está la casa familiar. Estudió en la Escuela Normal y se recibió de maestro. Con poco más de 20 años, se instaló en el sur en busca de oportunidades laborales.
Al principio trabajó en la cosecha de manzanas y llegó a ser cajero de Casa Tía. Después comenzó su carrera docente, que lo llevó por escuelas de Cipolletti, Cinco Saltos y distintas localidades rurales de Río Negro.
Fue coordinador de una escuela albergue en El Manso, director en Pilcaniyeu y trabajó en Río Villegas, antes de llegar al cargo de supervisor. Incluso cuando ocupaba puestos directivos, seguía ligado al aula.
“Siempre le gustaron las escuelas rurales, donde el trato con los chicos es otro, es más cercano”, cuenta su hija. Liliana también destaca su vocación y su compromiso con la enseñanza.
El cariño de sus alumnos perduró con los años. En distintas localidades, exestudiantes que hoy son adultos todavía lo reconocen y se acercan a saludarlo.
La familia, siempre presente
Raúl es padre de Matías, de 32 años, y Suyay, de 27. Aunque sus padres están separados desde hace tiempo, su hija lo recuerda como un padre presente, que aprovechaba los fines de semana y los feriados largos para visitarla.
Hace una década pidió el traslado a Bariloche, atraído por la posibilidad de vivir cerca de la naturaleza. Allí encontró el entorno ideal para caminar, recorrer senderos y disfrutar de la montaña.

Moyano junto a Liliana, su pareja desde hace ocho años, durante uno de los viajes que compartieron en la Patagonia.
Con Liliana mantuvo una relación atravesada por las distancias. Ella vivía en Cipolletti mientras él trabajaba en distintas localidades, por lo que compartían viajes, fines de semana y vacaciones. Juntos recorrieron distintos puntos de la Patagonia y visitaron Tucumán en varias oportunidades.
La montaña y una vida en movimiento
El trekking era parte de su rutina. Cuando tenía un fin de semana libre, preparaba la mochila y salía a caminar por senderos cordilleranos y lagunas de altura. También hacía gimnasio y andaba en bicicleta.
Liliana asegura que era precavido y planificaba sus recorridos. Llevaba agua, fruta, cereales y ropa de recambio, y preparaba mapas o croquis según la duración de cada salida.
“Es muy mental y precavido. No es que agarra agua y se va”, explica. Por eso, quienes lo conocen intentan comprender qué pudo haber ocurrido durante su caminata en el Ñuñorco.
Los proyectos después de la jubilación
En mayo terminó formalmente su carrera docente, pero no tenía pensado dejar de trabajar. Había conseguido tareas administrativas en una delegación de la Mutual del Magisterio en Bariloche y analizaba nuevas alternativas para generar ingresos.
Pensaba cambiar su Fiat Cronos para realizar traslados o repartos. Durante años había organizado viajes compartidos a Chile para llevar pasajeros que cruzaban la cordillera a hacer compras.
También evaluaba qué hacer con un terreno que tenía en Cipolletti. Con Liliana habían conversado sobre construir allí, venderlo o mudarse a El Bolsón.
“Es una persona muy buena. Si te tiene que ayudar, te va a ayudar”, dice Suyay sobre su padre, a quien describe como alguien que siempre encontraba una nueva actividad o un proyecto por delante.
El regreso a Tucumán
Raúl nunca perdió el vínculo con su provincia. Mientras su madre vivía, regresaba al menos una vez al año para visitarla y reencontrarse con sus hermanos, primos y tías. Tras su fallecimiento, volvió a Tucumán para participar de una misa en su memoria y se instaló en la casa familiar de Río Seco.
El lunes 12 acompañó a su hermano José y a su cuñada hasta El Mollar, donde construyen una pequeña casa. Mientras ellos realizaban algunos arreglos, decidió salir a caminar.
Cerca de las 11 comenzó el ascenso al Ñuñorco. Durante varias horas envió fotografías, audios y mensajes. Según la denuncia policial, a las 17.20 todavía estaba en la montaña.
Liliana seguía en contacto con él. Raúl le había hablado de la niebla y de que “el camino estaba cerrado”. Preocupada por el paso de las horas, volvió a preguntarle si todavía estaba allí. Después llegó el mensaje: “Bajo”.
Fue el último que recibió. Al día siguiente supo que lo estaban buscando y su nombre quedó ligado al operativo desplegado en el cerro, con rescatistas, drones, helicópteros y baqueanos.
Detrás de la búsqueda, su familia sigue recordando al docente, al padre presente y al hombre que encontraba en los viajes y la naturaleza una forma de vivir.
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